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La experiencia de una madre griega con el
método tomatis
Poco
antes del Congreso Internacional, la señora Iphigénie Gidoyiannou quien
además de sus habituales actividades profesionales, trabaja con Madame
Evangelopoulou para la promoción del Centro de Atenas, nos había
confiado un artículo aparecido en un periódico griego. Allí narraba su
acercamiento al Método Tomatis a través de la evolución realizada por
su hija.
Desgraciadamente, no habíamos podido duplicar este
apasionante texto antes del Congreso, aunque era nuestra intención
distribuirlo entre los asistentes.
Lo sentimos infinitamente, tanto
más cuanto que a muchos de entre nosotros nos habría gustado discutir
esta experiencia con Iphigénie Gidoyiannou, quien igualmente realizó
esta travesía.
Con mucho gusto, lo damos a conocer ahora, en forma de folletín
Nota: El texto ha sido puesto a disposición de la red Tomatis por
Mme. Gigoyiannou.
“Dislexia: Su hija es un caso clásico de
dislexia.” Mi marido y yo nos miramos. Por fin, el problema que
nos preocupaba desde hacia tiempo tenía ahora un nombre, un diagnóstico.
“Su hija posee seguramente una capacidad de
comprensión superior a la media, cosa frecuente entre los niños
disléxicos” .
Me sentí aliviada. Todos estos calificativos: niño retrasado,
problemático, perezoso, incomprensible… que nunca había aceptado porque
sabía razonar, eran los “diagnósticos” de gentes mal informadas.
Yo
seguía a la niña. Era muy inteligente, sociable, amistosa, hasta… hasta
el día que empezó el colegio. Entonces comenzaron los problemas.
¿Por
qué no era capaz de escribir? o ¿por qué si lo hacía, la mitad de
las letras estaban escritas al revés y la otra mitad eran ilegibles?
¿Por
qué no era capaz de leer? Y si a veces lo conseguía, ¿por qué leía en
primer lugar la segunda sílaba de la palabra o leía cualquier otra
palabra?
¿Por qué cuando habíamos escrito diez veces el dictado,
cuando nos lo habíamos aprendido con muchísimo esfuerzo, por qué la
undécima vez parecía que no lo hubiera visto nunca?
“Dislexia”, tal era el veredicto. Es un nombre “chic”, no lo niego. Sin
embargo, mi hija hablaba perfectamente.
“¿Dislexia? ¿Qué significa
exactamente esta palabra? - preguntamos los dos a la vez. El
especialista sonrió.
“Sé
que esto les sorprende, porque esta situación no es conocida todavía en
Grecia. La dislexia, es la incapacidad del cerebro para desarrollar el
lenguaje escrito.”
“Con anterioridad no habíamos oído hablar jamás de ello, aunque los dos
trabajamos en la enseñanza, desde hacía diez años.”
“Muchos
de sus alumnos, a los que se considera perezosos, inadaptados, torpes…
no presentan ninguna dificultad, excepto este fenómeno” –
añadió.
Me
sentí mucho más tranquila, confiada. Todos mis esfuerzos, toda mi
perseverancia no habían sido en vano. Sabía que en lo que se refería a
mi hija, se me escapaba algo, algo que no podía explicar. Por otra
parte, ¿cómo habría podido explicarlo, cuando ni mis colegas ni yo,
nunca, habíamos oído hablar de este problema? ¡ Pero que
tristeza! La decepción siguió a la alegría.
“¿Qué hacemos ahora?” – pregunté
“Lo lamento –respondió
el especialista- por el momento, no
existe una solución eficaz, pero con el tiempo el problema remitirá.”
De
acuerdo, puesto que el problema remitiría con el paso del tiempo,
actuaría de manera que mi hija aprendiera un oficio si quería trabajar.
No obstante, observe cambios en su comportamiento y en su psiquismo.
¿Un oficio? ¡Sus manos parecían tan torpes! Mi hija ocasionaba tal
cúmulo de destrozos y parecía fuera de sí y muy agitada. ¡Habían
transcurrido cuatro años desde este diagnóstico y yo me había
convertido en una experta en dislexia!
No
había libro sobre el tema que no hubiese leído. Incluso, había visitado
a todos los médicos “especialistas” en la materia. Sin embargo su
estado se agravaba. Nadie hablaba de un tratamiento, pero nos proponían
medidas provisionales. Mi marido y yo manteníamos interminables charlas
para decidir nuestro comportamiento de cara a nuestra hija. Estábamos
extenuados. ¡No sabíamos que hacer, ni como actuar! Toda la familia
parecía afectada por una especie de “dislexia de comportamiento”.
La
niña se comportaba de manera extraña, tan pronto amable, como malévola,
a veces impulsiva, luego tranquila, razonable, indiferente,
decepcionada, cansada o de mal humor. ¿Dónde había ido su sociabilidad
y el buen humor de antaño?
¿Pero cómo
podía ser sociable? ¿Cuántas veces me decía llorando a la vuelta del
colegio: Mamá no sé leer bien y los
niños se burlan de mí.¿ Tengo algún problema?
En
lo relativo al aprendizaje escolar, habíamos encontrado algunas
soluciones, algunos métodos personales aunque muy provisionales.
Repetíamos con ella todas las lecciones y así los aprendía.
En cuanto a escribir, mejor no hablar.
¿La
aritmética? Para las sumas, funcionaba, contando con los dedos. ¿Las
restas? Las hacía al contrario. ¿Y las tablas de multiplicar?
¿Qué puedo decir? Las repetía todos los días así hasta quinto de la
escuela primaria, clase correspondiente a un CM1 francés. Nos las
habíamos aprendido, pero las sabía de carrerilla, y si perdía el hilo,
sencillamente, no podía continuar. Como era una niña inteligente había
inventado trucos para la lectura. O se aprendía el texto de memoria, o
si no daba con la palabra, se ponía a… toser.
Su comportamiento
y su carácter me interesaban aún más y comenzaba a inquietarme
seriamente sin de ninguna manera desanimarme aunque todos en la familia
me habían advertido:
“Es una perezosa, una gran perezosa, y tú
no quieres admitirlo” me decían.
No
y mil veces no, mi hija María no era perezosa. Puede que hubiese
llegado a serlo, pero no lo había sido siempre. Cuando era pequeñita,
sus preguntas y sus centros de interés nos impresionaban mucho.
La situación en la familia había comenzado a presentar dificultades.
Disputas, peleas, muchos nervios,…
Yo
estaba extenuada de angustia. No solo a causa de la niña, es cierto,
sino porque estaba segura que sus dificultades habían contribuido y
mucho a toda esta situación. En efecto, constantemente, me sentía presa
de remordimientos y de culpabilidad.
Tenía remordimientos cuando
pensaba que mi hija podía sufrir dislexia por mi culpa y un sentimiento
de culpabilidad porque mi comportamiento no fuese el adecuado y
conveniente para su estado. Todos los días, intentaba una nueva forma
de actuación para encontrar lo que había que hacer, pero en vano.
Además, sentía remordimientos porque me enfadaba y me ponía nerviosa
con ella, o porque era demasiado indulgente, o…
Es posible que a
algunos todo esto les parezca ridículo y excesivo. A fin de cuentas,
¿qué tenía la niña? ¡Gracias a Dios, no estaba enferma! Sin embargo su
conducta había creado una situación que parecía conducirnos a un
círculo vicioso del que no podíamos salir. Pero es perseverando como se
gana, yo lo creía y aún lo sigo creyendo.
Un día, encontré por
casualidad a una antigua amiga, psicóloga, Mme. Tania Evangelopoulou.
¿Cómo había podido olvidarla, cuando buscaba un especialista en
dislexia?
Hablamos del problema, y por fin, me fueron dados
algunos consejos prácticos y sobre todo “ESPERANZA”. Mme.
Evangelopoulou me mostró un método radical que se estaba aplicando en
París. Ella tenía la intención de estudiarlo y de ir allí para
informarse. Así fue como por primera vez, oí hablar del “Método Tomatis”
El profesor A.A. Tomatis es francés; es un médico otorrinolaringólogo.
Su interés particular: la escucha.
No voy a exponer aquí su método; para ello existe una amplia
bibliografía.
Por lo que a mí concierne, después de tener algunas informaciones, me
invadió un rayo de esperanza.
El
profesor Tomatis ha desarrollado una teoría muy clara y comprensible,
estableciendo la relación entre comunicación, lenguaje, aprendizaje, es
decir, las funciones que están basadas en la escucha, una escucha
“centrada” o “consciente”. Y como dice el mismo Profesor: la escucha es
algo más que la acción pasiva y natural del oído de captar los sonidos.
Es
necesario pues que el oído aprenda a centrar su atención, de manera que
elija lo que quiere escuchar de manera privilegiada, es decir,
conscientemente. El deseo de comunicación surgirá del placer que
proporciona el escuchar.
Nos preguntamos siempre por qué, cuando
hablábamos a nuestra hija y concretamente de temas que la aburrían,
ella fingía no escucharnos, o bien daba respuestas que no tenían
ninguna relación con la cuestión. ¿Sorda? No lo estaba en absoluto.
Esta reflexión me llevó a pensar que este método nos convendría en
nuestro caso.
Más tarde aprendí mucho sobre el tema. Yo misma
seguí un seminario. Pero entonces, tenía serias dudas y experimentaba
numerosos temores en el momento en que aparecía por fin una esperanza
de curación. Como no teníamos nada que perder, tomamos una gran
decisión: íbamos a seguir este “Método Tomatís”.
En septiembre
de 1987, la Sra. Tonia Evangelopoulou funda en Atenas un anexo del
Centro de París el “Centro de Aplicación del Método Tomatís”.
Así nos presentamos entre los primeros, llenos de dudas pero también de
esperanza.
Lo
primero que nos impresionó y nos sorprendió, fueron los resultados del
examen que se llama BAPP, es decir, evaluación audio-psico-fonológica.
El
mundo psíquico y biológico, el mío y el de mi hija, se desplegó en ese
momento ante mí con una claridad tal y de manera tan detallada, que era
imposible no creer en ello.
Habíamos comenzado las sesiones de
escucha con el Oído Electrónico, otra invención del Profesor Tomatis. Y
allí iba con María y escuchaba al mismo tiempo que ella. La
participación de la madre y más tarde a veces del padre en las sesiones
es una de las condiciones de la terapia. Escuchando a través de un
casco la música de Mozart filtrada, ¿conseguiríamos encontrar el buen
camino? – me preguntaba. Sin embargo… a pesar de mis temores, ciertos
hechos pronto me indicaron que seguíamos la vía adecuada.
Os
describiré con detalle el acontecimiento porque más adelante he
constatado con frecuencia que lo que yo consideraba insignificante era
una de las pruebas tangibles de una mejoría y de una progresión.
Después
de dos semanas de sesiones de escucha, volvíamos en coche a casa. Debo
decir que mi hija desentonaba al cantar. Sin embargo, le encantaba
cantar, pero desgraciadamente, desafinaba.
Aún recuerdo la canción
que se oía en la radio en aquella época y creo “ver” a mi hija
cantándola. Escuché con atención: ella cantaba en el mismo tono y al
mismo ritmo que la cantante; oía una cosa increíble.
“Continúa cantando cariño” –
le dije, muy emocionada. ¡Nada se le escapaba: ni una nota, ni el tono!
“¡Oh! Señor Tomatis, amiga mía, Tonia, sois mis salvadores”. No me
quedaba ya ninguna duda. Hoy, mi hija María, es miembro de la coral de
su colegio!!!...
Quien crea que se trata de un recorrido fácil se equivoca. Es necesaria
perseverancia, paciencia y resistencia.
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